La sonrisa alimenta el alma. Historias para aprender.

Lo confieso! Me he convertido a la temprana edad de 38 años en abuela cebolleta…. Por qué? Porque ya he empezado a contar historias de cuando era joven… así, sin más, de un día para otro… Mismamente el otro día, iba en el coche con una amiga y se acercó a nuestro coche un señor que pedía dinero en un semáforo. Ella mantuvo la vista al frente, haciendo que no le veía, pero yo le sonreí ¡y me regaño! “No le sonrías que entonces se queda ahí insistiendo”. Y ahí es dónde saqué mi vena “cebolleta”. “Te voy a contar una historia….”

Cuando tenía 19 o 20 años trabajaba de azafata de imagen y durante la Feria del automóvil, el cliente para el que trabajábamos nos ofreció a mí y mi compañera trabajar cuatro días repartiendo en la calle la publicidad de un taller que iba a abrir en  Moncloa – ¿¿Perdona?? ¿¿repartir publicidad en la calle?? Pero todos los reparos se nos acabaron cuando nos dijo lo que nos iba a pagar. La cuestión es que el día acordado, allí nos plantamos las dos con nuestros monos-chic a repartir la publicidad en la calle Cea Bermúdez de Madrid – para más señas, en el semáforo que hay justo enfrente de la Fundación Jimenez Díaz.

La cuestión es que a nuestro lado había un chico vendiendo pañuelos de papel. No debía tener más de 40 años pero le recuerdo muy envejecido, no sé si por el deterioro de vivir en la calle o la perspectiva que daba tener 20 años menos que él. El hombre nos contó (ocho horas al día en el mismo punto, dan para hablar mucho) que lo peor de estar en la calle es que la gente te ignora “te haces invisible para la sociedad”. Se me grabo su frase sobre todo porque me chocó una expresión tan “culta” para una persona con aspecto de no serlo tanto… está claro que, al menos entonces, la “inculta” era yo y no me daba cuenta que la cultura y la clase social no van de la mano. Al principio me pareció una exageración pero según pasaron las horas me di cuenta de cuánta razón tenía!!! A pesar de tener 20 años, ser mujer, vestir “guay” y intentar tan solo dar un folleto, la gente me ignoraba, hacía como que no me veía, ni me miraba, ¡incluso había quien al acercarme subía la ventanilla!… ¿me estarían confundiendo con una prostituta? ¡Fue humillante! Me alegro que el trabajo durase solo unos pocos días porque de haber sido más, me hubiese tenido que gastar el dinero del trabajo en el psicólogo.

¿Qué aprendí de la experiencia? Qué al margen de que quien se acerca al coche sea un farsante o realmente un desdichado, no cuesta nada mirarle y decirle que no con la cara ¡incluso devolviendo una leve sonrisa! No podéis imaginaros lo mucho que puede significar para la otra persona.

Por ello, yo procuro siempre mirar a la cara de quien se dirige a mí. Obviamente soy una tía prudente y no voy abriendo ventanillas a gente cuyo aspecto me hace desconfiar ni les subo al asiento del copiloto… pero sí que les miro para decirles que no (o que sí) y sonreír. Y esto lo extrapolo a cualquier otra situación distinta de la de la ventanilla del coche: miro a los ojos y sonrío a quien me cobra el combustible en la gasolinera o el pan en el supermercado, a quien entrega publicidad a la entrada del centro comercial o al guardia de seguridad del ZARA de turno… Os animo a hacer lo mismo y que os fijéis que la otra persona suele devolvernos la sonrisa ¡Sonreír es una moneda de cambio muy agradecida porque vale mucho aunque no cuesta nada!

sonrisa

Es muy triste que siempre vayamos corriendo como locos, sin tiempo para fijarnos en las otras personas con quienes nos cruzamos, sin saludar cuando llegamos a un sitio (o despedirnos cuando nos vamos) e ir por la vida como las vacas en el pasto, mirando al suelo para evitar cualquier contacto visual. Fijaros si nos es extraño el habito de mirar a los ojos que ¡nos da vergüenza! Por ello os animo a que empecéis a hacerlo ¡ya! Eso y que probéis a dirigiros a la gente que os atiende en los comercios por su nombre (casi siempre llevan un chapa identificativa) y valoréis su reacción ¡La respuesta no puede ser más positiva!

Mirar a la gente a los ojos hace que se sientan reconocidos como un igual, la sonrisa crea empatía y facilita las relaciones y  usar el nombre propio para dirigirnos a otra persona, demuestra interés.

Una mirada y una sonrisa pueden ser una gran diferencia… siempre que estas sean francas y transparentes. Por un lado nos hace sentir mejor: si sonreímos, cada vez estamos más predispuestos a sonreír, mejorando nuestro estado de ánimo. Por otro lado, nos reporta beneficios: las cosas se logran mejor cuando se piden con educación y cortesía. Y para terminar, hacemos el mundo un sitio un poco mejor… al fin y al cabo, no podemos pretender cambiar al mundo si no somos capaces de mejorar nuestro espacio más inmediato!!!

Me acuerdo de un amigo de mis padres – ahí va otra historia de “cebolleta” – que cuando era pequeña y se acercaba a saludarme, debía recibirle con un mohín y él me decía “Anda, sonríeme que hace frío”…  me parecía tonto él y tonta la frase ¡También ahí estaba equivocada! Ahora me parece una frase memorable.

INFOGRAFIA

¡Hasta pronto!

Esther Morillas

Colaboradora de pymecom

Os recuerdo que podéis seguirme en www.facebook.com/Esther.Morillas.5 y en twitter @emorillaslazaro

 

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