¡Nos vemos en siete días!

¡Esta semana os libráis de mi! Tenía preparado un post pero no sé qué ha pasado que ni se ha publicado ni está en ningún sitio. En un primer momento me han dado ganas de ponerme a llorar pero como lamentarse no vale de nada, pues mejor “poner al mal tiempo buena cara”. Y como resulta que tengo las maletas en la puerta para irme de vacaciones con la familia en menos de 48 horas, pues no es plan de amargarse (que las vacaciones no se han hecho para eso) ;)…

Así que a bailad, comed, reid, descansad y disfrutad haga sol o llueva… y prohíbido olvidarse de mí que en siete días estoy de vuelta con un artículo que seguro os va a resultar muy interesante.

me piro

Un beso!

Esther Morillas

Trabajar gratis ¿Puede ser una opción?

Hace un par de semanas leí un artículo en una publicación que sigo de cerca desde hace tiempo y que se llama Kireei. En él se hablaba de la posibilidad de trabajar gratis en algunos casos;  me parece un tema interesante de tratar aquí.

Hay quien piensa que nunca jamás ha de trabajarse gratis pues se explotan los precios del mercado, hay quien considera que es una forma muy buena de comenzar y/o coger confianza o hay quien cree que es algo inevitable cuando no tienes experiencia…. Posturas miles y yo tengo la mía: trabajar gratis es una opción que no se debe desestimar así sin más.

Está claro que NUNCA hemos de trabajar a cambio de nada. Si trabajamos debemos obtener un beneficio a cambio pero este no tiene por qué ser económico. Cuando pensamos en la retribución a un trabajo siempre se nos viene a la cabeza el frio dinero – ¡lógico! ¡Todos queremos llenar la nevera! – pero es cierto que esta no es la única retribución que podemos obtener.

Cuando trabajar a cambio de cero euros…

Al principio de emprender un negocio, realizar trabajos sin cobrar o cobrando muy poco nos da experiencia que vender a los futuros clientes. Es complicado vender tu primer servicio sin experiencia salvo que lo hagas a amigos o conocidos que ya confíen en ti; seguramente, en ese caso, también les harás precio “especial”. Lo importante es mantener esta postura de 0€ durante el tiempo imprescindible para no verte enredado en una forma de trabajo que se te terminará volviendo en contra: primero porque un cliente mal acostumbrado es difícil re-educar (sobre todo si hablamos de dinero) y segundo porque tu nevera se llenará de telarañas en vez de solomillos (…o palitos de cangrejo).

También se puede trabajar gratis de forma puntual cuando ello implica un aprendizaje. Es decir, si nos ofrecen la posibilidad de hacer algo nuevo que nunca hemos hecho y que nos permite abrir futuras posibilidades de negocio ¿por qué no? Está opción puede ser realmente enriquecedora si además colaboramos con otra empresa de quien aprender o que nos aporte “algo” nuevo o que nos interese. Ojo al dato: Seamos prudentes a la hora de embarcarnos solos en un proyecto en el que no tenemos experiencia previa porque lo mismo la “ostia” es de película de Hollywood.

Puede ser interesante trabajar a precio cero si no invertimos recursos económicos elevados y consideramos que ese trabajo nos proveerá de otros trabajos futuros con esa misma empresa o ese mismo sector (esta vez, cobrando). “Siembra hoy, recoge mañana”… pero diseñando bien cómo vendemos ese proyecto.

Me parece una buena idea trabajar puntualmente gratis si ello nos auto-promociona y por lo tanto, va a hacer llegar nuestra empresa a nuevos clientes; estaríamos trabajando a cambio de publicidad. Igualmente pasaría si se trata de una colaboración con una empresa (o en un trabajo) que va hacer que tu curriculum suba de nivel. En ese caso, es una inversión de futuro.

También me parece una opción muy válida trabajar en modo trueque, es decir, “trabajo para ti a cambio de que tú trabajes para mí”. Es una forma equitativa (si se dirige de forma justa y transparente) de alcanzar un objetivo, a la vez que ayudamos a otra persona o empresa y nosotros nos vemos beneficiados. La colaboración es una opción interesante.

Y por último, creo que trabajar gratis es fabuloso cuando te “sale de las entrañas” hacerlo. Como esas cosas que se hacen porque sí, porque te hacen sentir bien: puede ser ayudar a alguien que lo merece (como puede ser cuando Pymecom colabora con los emprendedores diseñando su imagen corporativa gratis durante 12 meses 😉 ), porque lo dicta tu conciencia (colaborando con una ONG) o simplemente porque te apetece ese día. No siempre hay que justificar todo lo que hacemos ;).

Nunca, nunca, nunca…

Como podéis ver, hay varias razones que legitimizan trabajar por cero euros… pero no olvidemos que hay infinitas motivos para no hacerlo: es fundamental valorar nuestros servicios o productos como estos se merecen. Si no los amas tú ¿quien lo hará?

Nunca trabajemos gratis por dudar de que nuestro trabajo valga o por creer que no lo vamos a poder vender por más dinero (señal de que nos sentimos un fraude, en cuyo caso os invito pinchar aquí para superarlo) ni regalarlo por obligación (por deber un favor…). Nunca  trabajemos gratis si no tenemos claro el beneficio o si tenemos dudas sobre si nos puede perjudicar. Tampoco regalemos un trabajo como respuesta a la suplica insistente de un cliente (hay gente muy manipuladora) y jamás-de-los-jamases trabajemos gratis si no nos apetece hacerlo y punto.

¡Hasta el próximo lunes!

Esther Morillas

Colaboradora de Pymecom

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Descubre qué es la “indefensión aprendida” y protégete de ella.

Hoy voy hablaros de una cosa que se llama síndrome de la “indefensión aprendida”; no es algo propiamente relacionado con la comunicación (si es que algo en la vida no lo estuviese) pero creo que es muy importante conocerlo porque es una de esas “sombras” que pueden  impedir nuestro crecimiento personal, social y profesional… y ya sabeís lo que me gusta a mi hablar del crecimiento profesional, sobre todo de mis pequeños emprendedores.

La primera vez que oí hablar del término “indefensión aprendida” fue a través de un video al que llegué por casualidad en You Tube, donde una profesora inducia a parte de sus alumnos en dicha situación. Manipular es mucho más fácil de lo que creemos: todo es cuestión de “engañar” a nuestro cerebro.

Unas pinceladas previas…

Nuestro cerebro funciona basándose principalmente en nuestras experiencias por lo que interpretamos como real o posible aquello que nuestra experiencia avala. No tienen que ser experiencias propias (vividas en nuestra propia persona) sino que vale con que las hayamos oído o leído de una fuente fiable (por ejemplo, nuestros padres) o que podamos deducirlas de experiencias previas (si el cuchillo corta la fruta, también puede cortarnos un dedo).

El concepto ‘indefensión aprendida’ fue acuñado en la década de 1960 por el psicólogo Martin Seligman, después de realizar un (cruel) experimento con perros. Dentro de una caja de laboratorio, un perro era expuesto a shocks eléctricos que no podía evitar. En otra caja, había otro perro sí que podía interrumpir esos shocks pulsando una palanca. Más tarde, los perros eran situados sobre una superficie electrificada de la que podían escapar simplemente saltando una barrera muy baja. El perro que había podido controlar los shocks saltaba y se libraba de las descargas, mientras que el otro perro, en lugar de intentar huir del dolor, permanecía aguantando las descargas de manera pasiva: había “asimilado” su indefensión y las aceptaba como inevitable.

La indefensión aprendida en las personas…

Del mismo modo, las personas que viven una experiencia adversa sin  tener éxito a la hora de buscar una salida, terminan aceptando que no tienen ningún control sobre el resultado, se resignan a su destino y pierden la capacidad lucha: aprenden a “ser” indefensos. Podemos ver casos de “indefensión aprendida”, por ejemplo, en el caso de parados de larga duración “Para que voy a ir a la entrevista si no me van a coger tampoco esta vez” o de forma mucho más dramática en casos de tortura.

Pero no hace falta que no vayamos a casos lejanos o hipotético: tenemos un claro caso de indefensión aprendida en las situación social y política que vivimos actualmente en nuestro país. Los ciudadanos nos hemos acostumbrado a los recortes, a las subidas de impuestos, a la perdida de derechos e, incluso, ¡a la corrupción! – “es lo que hay”, “todos son iguales”, “no podemos hacer nada”-.

Nos hemos habituado a la adversidad, aceptando que es inevitable, sin tomar ningún acción activa al respecto. Obviamente, este aprendizaje no es algo espontáneo sino orquestado. Si bien es cierto que la “indefensión aprendida” se puede producir de forma accidental a nivel individual, cuando afecta a un grupo de personas se trata más probablemente de una acción planeada; al fin y al cabo, la “indefensión aprendida” es una herramienta de manipulación muy potente.

No voy a entrar en política (no es el blog para ello) pero podéis leéis un artículo muy interesante sobre la actual “indefensión aprendida” en el artículo “¿Por qué no reaccionamos antes de injusticia?”.

Otros efectos negativos…

Según Manuel Rivero Pérez (@rivero_prez), la “indefensión aprendida” conduce a “un escenario preocupante porque la sensación de falta de control sobre los resultados, desmotiva a la hora de emprender nuevas estrategias o ideas y cuando surgen iniciativas de cambio, suelen frustrarse al mínimo atisbo de problemas”.

Uno de los efectos que puede acompañar a este síndrome es la autoinculpación.

La autoinculpación es el proceso que nos lleva de sentirnos víctimas, a sentirnos culpables. Se trata de un mecanismo del cerebro para encontrar una razón a esa adversidad que no tiene (o parece tener) justificación. Cuando deducimos que la culpa (parcial o total) está en nosotros, asumimos ser merecedores de lo que nos está pasando.

En algunos casos incluso se ve acompañado del “síndrome de Estocolmo”  con lo que no solo nos sentimos responsable de la adversidad sino que aceptamos como válidos los argumentos de quien nos causa el daño (si hubiese un sujeto causante). El efecto directo en ambos casos es que perdemos la capacidad de crítica y de lucha. ¿Por qué criticar o luchar contra algo de lo que somos culpables o con lo que estamos de acuerdo?

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Ilustraciones de Manel Fontdevila

Rivero además afirma la existencia de los otros daños colaterales:

  • El déficit de actuación
  • La falta de aprendizaje
  • El perdida de atención

El déficit de actuación se produce al asumir que no está en nuestra mano cambiar el resultado – ¿Para qué actuar si no vamos a conseguir nada?-. Ello perpetúa que el individuo no salga de ese estado que le está perjudicando porque para obtener un resultado distinto, tendría que actuar de forma distinta (cosa que no tiene capacidad de hacer). Esta falta de actuación causa las siguientes dos deficiencias:

La falta de aprendizaje: al no actuar nunca de forma distinta a la habitual, no tenemos posibilidad de aprender cosas nuevas que nos permitan encontrar una solución a nuestros problemas.

La pérdida de atención: si actuamos siempre según una misma rutina, terminamos funcionanado de forma automática, sin prestar atención a los detalles. La cuestión es que estos detalles podrían ser “salidas” que no aprovechamos, en un primer momento, por no prestarles atención y, al cabo del tiempo, por haber perdido la capacidad de identificarlos.

La indefensión aprendida nos convierte no solo en personas manipulables, sino que nos transforma en individuos sin capacidad de crítica y réplica (por el sentimiento de culpa), pasivos (por la falta de actuación), apáticos (por la falta de aprendizaje) y resignados (por la falta de atención)”

Existe remedio a la “indefensión aprendida”

Lejos de querer transmitir un mensaje negativo, mi pretensión es que todos identifiquemos el problema para protegernos de él cuando “lo veamos venir”. Además, la “indefensión aprendida” se puede DESAPRENDER, ya sea solo o con ayuda de otras personas (amigos, familiares, psicologos, etc).

Nada en la historia de la humanidad se ha mantenido inalterable a lo largo de los siglos ¿Por qué lo que “me pasa ahora” sí debería serlo? Las personas tenemos dentro de nosotros todo lo que necesitamos para crecer; no es fácil pero es posible. Solo hemos de asumir que el poder de cambiar empieza por cada uno de nosotros.

No podemos pretender cambiar el mundo si no cambiamos nuestra realidad más inmediata, empezando por nosotros mismos.”

En cualquier caso, como “más vale prevenir que curar”, es fundamental educar a las próximas generaciones para que tengan herramientas para luchar contra estos aprendizajes nocivos. Es importante enseñar a los niños a valorarse, a confiar en sus propias capacidades, a ser críticos con todo y todos, a luchar por lo que creen justo y a no darse por vencidos jamás: la resignación es el principio del fin de cada pequeño (o gran) sueño.

Un saludo y hasta la próxima semana.

Esther Morillas

Colaboradora de Pymecom.

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Todos los profesionales nos sentimos un FRAUDE alguna vez ¡No caigas en la trampa!

Todos los profesionales nos sentimos un fraude en algún momento de nuestra vida, especialmente los que trabajamos como autónomos o decidimos “montarnos” por nuestra cuenta. Cuando digo que nos sentimos un fraude me refiero a que nos da la impresión que no estamos suficientemente preparados para afrontar ese nuevo reto a pesar de haber dicho que sí… y nos entran los miedos…

¿Y si no estoy a la altura de lo que vendo? ¿Estaré suficientemente formado? ¿Voy a defraudar a mi cliente /jefe / colaborador?

Esos miedos y esa sensación de ser un “fraude” es algo muy habitual. Lo causa el querer salir de nuestra “zona de confort”.

Nuestra “zona de confort” es aquello que ya conocemos, por donde nos movemos como “pez en el agua”. Mejor que volver a hablar de este tema es que echéis un vistazo a este video que ya he compartido varias veces.

Cuando soñamos con crecer y, por lo tanto, salir de nuestra “zona de confort”, nos entra miedo. Esa sensación de “vértigo” hace que nuestro cerebro ponga en marcha diversos mecanismos de autodefensa cuyo objetivo es mantenernos en “zona segura”.

Todos los animales estamos “programados” para dar prioridad a la supervivencia; salirnos de lo que consideramos “seguro” nos hacer perder esa garantía. Emprender, soñar, idear… es de valientes porque ninguno estamos preparados psicológicamente para “saltarnos las normas” y “volar por libre”. Es importante identificar cuando se ponen en marcha estos mecanismo de autodefensa – potentes autosabotajes emocionales – para prepararnos a contrarestarlos.

Una de las cadenas que nos mantienen anclados a nuestra “zona de confort” es la seguridad en nosotros mismos. A todos nos gusta sentirnos seguros de nuestros conocimientos, nuestra experiencia y nuestras capacidades. ¿Qué pasa cuando decidimos arriesgar y rompemos esta cadena? Que el suelo sobre el que nos sustentamos se tambalea y nos entran las dudas sobre lo que somos, sabemos y hacemos: nos sentimos menos de lo que seguramente somos y comienza a rondarnos las idea de ser un fraude.

Todos nos sentimos un fraude alguna vez: cuando captamos un cliente más grande de lo esperado, cuando logramos un trabajo importante, cuando nos ascienden, cuando alguien a quien admiramos deposita su confianza en nosotros… Esa sensación de fraude es en realidad el miedo a afrontar algo nuevo sobre lo que no tenemos mucha experiencia o el miedo a defraudar (a nosotros mismos o a otras personas).

Cualquier montaña parece más alta desde la base que cuando empiezas a escalarla.”

Iba a embarcarme en un montón de enunciados para aclarar que es sentirse un fraude pero creo que un ejemplo es mucho más aclaratorio. Aunque no es habitual, os voy a hablar de mí: yo me he sentido un fraude muchas veces.

Yo había trabajado varios años en agencias de comunicación y en dptos de relaciones externas, protocolo y eventos, cuando me despidieron al quedarme embarazada. Fue entonces cuando me lié la “toalla a la cabeza” y me “monté” por mi cuenta.

Hasta ese momento tenía una diplomatura en RR. Institucionales y Protocolo y un Master en Diseño de Arte Publicitario. A pesar de tener mucha experiencia diseñando imágenes corporativas (logotipos y su aplicación) me entraron las dudas ¡No podía permitirme defraudar a ningún potencial cliente! Así que pensé que un Master en Diseño Web me daría la seguridad que me faltaba ¡y lo hice!

Kit-kat 1: El Master de Diseño Web fue muy interesante y amplió mi perspectiva profesional pero jamás he diseñado una web ni programado en html, con dreamweaver, flash, etc… Moraleja 1: No todo lo que estudias lo aprovecharas al 100% (ni al 50%).

Con algo más de confianza, me arriesgué a empezar a trabajar primero con familiares y conocidos y luego con amigos de amigos, pero siempre por muy poco dinero, incluso gratis. Cobrar me daba la sensación de estar engañando ¿Cómo iba yo a cobrar si no estaba segura del resultado que iba a dar?

 Kit-kat 2: Empezar cobrando poco o incluso hacer trabajos gratis a veces es interesante, incluso necesario para lograr un portfolio de trabajos y referencias de clientes satisfechos. Pero no lo uses como una forma de trabajo indefinida porque lo único que consigues es explotar los precios del sector y a medio plazo perjudicas a todos, empezando por ti mismo.

Cuando la era de Internet despegó totalmente, me vi arrastrada voluntariamente a “meter la cabeza” en la comunicación on line. Ya sabía bastante porque siempre he sido muy curiosa y bastante autodidacta pero otra vez sentía que querer cobrar por mis servicio en este área era un fraude y pensé que un nuevo título me haría sentir “profesional”: así que hice un Master en Comunicación on Line y varios cursos de Comunity Manager, reputación on line, promoción 2.0…

 Kit-kat 3: Uno de los daños colaterales de sentirse un fraude es el sindrome de la “titulitis” que no es más que la sensación de necesitar seguir acumulando diplomás… que jamás te pedirán los clientes. Los clientes quieres resultados, les da igual nuestro curriculum académico. Otra cosa es que los necesites para optar a un puesto de trabajo, como puede ser la carrera de veterinaria si quieres trabajar como tal.

Ojala pudiese decir que con cada nuevo master me sentía más segura, pero la verdad es que muchas veces lo único que hacía, además de ser más pobre, era ser más consciente de todo lo que me quedaba por aprender… hasta que Mº Angeles Merchan, coach profesional, me enseñó que la inseguridad estaba en mi cabeza y mis “tripas”, no en mi curriculum.

Solo sé que no se nada”. Socrates.

Superar el miedo a salir de la zona de confort implica un “cambio de chip”. Hemos de aprender a reconocernos, aun conociendo nuestras limitaciones. Aprender a formarnos sin que ello sea más un lastre que un beneficio. Aprender a valorar nuestro trabajo para cobrar por ello sin sentirnos inseguros.

Reciclarnos y tener contacto, aunque sea pasivo o indirecto, con otros profesionales es algo que nos dará seguridad y mantendrá actualizados. Y, en cualquier caso, la mejor inversión que podemos hacer es rodearnos de gente válida que colabore con nosotros en aquellas cuestiones en las que “no llegamos”. Lo de “Juan Palomo”… no siempre vale.

miedos

Hasta pronto!

Esther Morillas

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Hablando en público ¡Conviertete en el ponente que siempre has querido ser!

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Comunicación para Dummies

Ayer me pasó algo que no suele ocurrirme: estuve en una presentación (de esas con diapositivas) y el power point era i-n-c-r-e-i-b-l-e. Lo normal es que las presentaciones sean más densas que leer la “Odisea” en braille pero este no era el caso. Esta presentación era estéticamente muy atractiva, el mensaje estaba muy bien diseñado y se seguía con facilidad. La pena es que el ponente exponía como una autómata ¡R2D2 hubiese sido mucho más expresivo que él!

A ver… imagino que estaba nervioso; quizá era su primera vez. Intento ser benévola con los ponentes porque yo lo soy muchas veces y no siempre tengo un buen día. Además, sé lo que es enfrentarte a tus primeras presentaciones (yo lo pasaba realmente mal) o encontrarte con un público “duro” con quien no eres capaz de conectar. No quiero hacer “leña del árbol caído”.

En general, hay tres formas de estropear una presentación:

1.- Una mala presentación

>>Monótona, densa y/o con un diseño desagradable.

Ya os hablé sobre cómo realizar una presentación ágil y atractiva en mis posts “Presentaciones efectivas (I): Una imagen vale más que mil palabras” y  “Presentaciones Efectivas (II)” .

2.- Un mal discurso

>>Un “speech” mal enfocado, diseñado o desarrollado.

También os hable sobre cómo desarrollar discursos efectivos en mi post “Tres consejos para desarrollar discursos efectivos”.

3.- Una mala ponencia

>>Con un ponente que no transmita de forma óptima su discurso…  ¡que es de lo que vamos a hablar hoy ;)!

Albert H. Mehrabien, profesor emérito en psicología de la Universidad de Los Angeles (UCLA) afirma que cuando nos comunicamos, nuestro mensaje se compone de un 7% de comunicación verbal, un 38% refiere al tono y volumen de nuestra voz y el 55%, a nuestro lenguaje corporal. Es decir:

Más importante que lo que decimos es cómo lo decimos

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La comunicación verbal es una forma de comunicación compleja que tarda bastante tiempo en causar efecto (varios minutos, dependiendo de nuestro discurso) pero el tono de nuestra voz y el mensaje que transmite nuestro cuerpo tiene un tiempo de impacto inferior a 1 minuto. Y, precisamente, solo tenemos esos 60 segundos para conectar con nuestra audiencia; durante ese cortísimo trance, nuestro público se “hace una idea” de cómo somos y deciden, inconscientemente, si van a prestarnos atención o no. Obviamente no se trata de algo concluyente al 100% pero nos será más difícil “enganchar” a nuestro público si su predisposición inicial hacia nosotros es negativa.

La mejor forma de controlar nuestra comunicación (tanto verbal como no verbal) será la experiencia pero como siempre tiene que haber unas primeras veces, aquí van 5 claves para hacerlo lo mejor posible:

Consejo 1: Sonríe

sonrisa

La sonrisa es la más sencilla y natural de las formas de conectar con la gente. Todos estamos más predispuestos a atender a alguien que sonríe antes que a otra persona con el gesto serio o crispado. Además, la sonrisa aporta veracidad a nuestro discurso: tendemos a creer a la gente afable.

Al sonreír, los músculos de nuestra cara adoptan una postura que obligan a relajar el tono y el volumen de nuestra voz. ¿Habéis intentado gritar y sonreír a la vez? Es complicado. Si sonreímos mientras hablamos, nuestra entonación será más agradable y cercana.

Por otro lado, la sonrisa tiene un efecto muy positivo en nuestro estado de ánimo: si sonreímos, nos relajamos y sentimos mejor ¡algo fundamental para desarrollar nuestra ponencia de forma óptima!

Cabe hacer hincapié en que la sonrisa debe ser global: hay que sonreír con la boca y los ojos; lo contrario transmite ironía y tensión. Nada de dientes apretados ni ruiditos (risitas nerviosas o forzadas) que trasladarán sensación de nerviosismo a nuestro discurso.

Podéis leer más sobre la importancia de la sonrisa en mis post “¡Sonría, por favor!”  y “Sonrisas que alimentan el alma”.

Consejo 2: Mantén el contacto visual

Mirar a los ojos de la gente no solo transmite interés en ellos, sino que aporta franqueza, fiabilidad y seguridad a nuestro discurso. Difícilmente convenceremos de nada, si no hablamos mirando “de frente”.

Pocas cosas causan peor impresión que conversar con alguien que en vez de mirarte a los ojos, mira al suelo, al cielo o a las musarañas. Hay que añadir que tampoco se mira de arriba abajo (resulta ofensivo) ni a ninguna parte de la anatomía distinta al rostro (es insultante). Obviamente, en una ponencia con mucho público no podremos mirar a los ojos de todo el mundo, pero sí es importante dirigir nuestra mirada hacia el público – implicándoles en nuestro discurso – e ir yendo de unas caras a otras (de forma tranquila y herrante) para enganchar de forma personal a parte de los presentes. Si no hubiese mucha gente, habría que intentar mirar a todos en algún momento.

Consejo 3: Controlar el volumen, ritmo y respiración.

altavoz

Cuando hablemos en público, es importante que lo hagamos de forma pausada y con un volumen medio /alto. Ello nos da autoridad y transmite seguridad sobre nuestro mensaje. Hemos de cuidar no elevar excesivamente el volumen de nuestra voz pues al gritar nuestro tono resulta molesto, además que puede resultar intimidante o, incluso, insultante. Si no se nos oye bien, ¡nada de gritar!: usaremos un microfono.

Es importante aprender a hablar de forma clara, vocalizando correctamente las palabras, en un volumen apropiado a la sala y la cantidad de gente que escucha y a una velocidad que hagan entendibles nuestras palabras. Yo tiendo a “embalarme” cuando hablo (mi velocidad habitual suele ser rápida) por lo que intento hablar sin micrófono, si la acústica del local y cantidad de gente lo permite: tener que hablar alto, me obliga a hablar más lento (es más fácil “lanzarte” cuando hablas con un volumen medio/bajo).

Mantener una respiración completa y pausada ayuda a hablar de forma tranquila y entendible; si nos falta el aire, nuestro discurso será cada vez más ahogado y confuso. Cuando respiramos de forma inversa (inspirando por la boca, en vez de por la nariz) corremos el riesgo de que se nos seque la boca ¿Os habéis quedado alguna vez con la boca seca? Pufff ¡Cómo cuesta hablar! Por ello, es importante tener a nuestra disposición un vaso o botella de agua.

Beber agua durante nuestra ponencia nos permite refrescarnos (a veces, los focos de los escenarios dan mucho calor), humedecer la boca si está seca e hidratarnos sobre todo si estamos nerviosos. Además, beber agua es una forma estupenda de hacer pausas durante el discurso. Yo suelo diseñar en mis discursos “esos” momentos en los que haré una pausa para beber, de modo que no solo aseguro mi hidratación (a veces, estoy tan metida en mi “charla” que me olvido de todo), sino que además puedo usar dichos lapsus para crear expectación sobre lo siguiente que voy a decir o dejar tiempo a mi audiencia para pensar: de ahí que mis pausas para beber sean justo antes de dar un mensaje importante (cosa que he anticipado para generar atención) o después de lanzar una pregunta al público.

Consejo 4: Mantén una postura corporal erguida y abierta.

Como decíamos en el consejo anterior, respirar correctamente es fundamental para hablar (y pensar) con claridad y ello solo es posible si mantenemos una postura correcta. Una postura erguida y con el pecho abierto hace que nuestros pulmones funcionen de forma óptima. Cuando la disposición de nuestro cuerpo es forzada, nuestros músculos están tensos lo que hace que psicológicamente también lo estemos. Además, recordemos que nuestro tono se ve afectado por como coloquemos los músculos de nuestro rostro (y de los otros aparatos fonadores) y difícilmente lograremos sonreir de forma creíble si estamos en tensión.

Tener la espalda recta y los hombros abiertos (todo lo contrario a estar “encogido”)  transmite seguridad y franqueza, términos muy repetidos porque son fundamentales para resultar creíbles como ponentes.

Antes de una ponencia, sobre todo si estamos nerviosos, es bueno hacer algo de ejercicio moderado. Si no podemos, al menos debemos hacer algunos ejercicios de relajación y estiramiento. Tomarnos nuestro discurso MUY en serio es la única forma de tener éxito.

x ejercicios de relajaciónejercicios de relajación 2

Consejo 5: Muévete con naturalidad.

Hay quien durante una ponencia prefiere estar sentado; hay quien prefiere quedarse de pie junto al portátil; otros caminan y caminan por el escenario. Cada ponente debe hacer lo que le resulte más cómodo pero sin irnos a los extremos. Si andamos, nuestro movimiento debe ser moderados – ¡sin andar correr como “Spidy González” por la tarima!-. Si decidimos estar quietos, hemos de mover nuestros brazos, manos y cabeza con naturalidad, para no resultar tensos y artificiales.

Movernos al ritmo de nuestro discurso da agilidad a nuestra ponencia, hace que el púbico centre su atención en nosotros (un objeto en movimiento capta más atenciónque otro estático) y puede ayudarnos a dar énfasis a aquellos mensajes más importantes.

Cuando hablamos en nuestro “día a día”, usamos las manos para dar información complementaria o hacer hincapié en nuestras palabras. Sin embargo, mucha gente cuando habla en público las elimina de su mensaje, dejándolas “muertas” en los bolsillos o paradas sobre la mesa. ¡Error! No usar las manos en absoluto  resta naturalidad a nuestro mensaje y transmite tensión. La manos sirven para resaltar las frases o ideas relevantes, para señalar al público a modo de llamada de atención o para dar ritmo a nuestro discurso (haciento un chasquido o una palmada, por ejemplo). Las manos son una gran herramienta de comunicación que no debemos desaprovechar, como ya os comenté en mi post “Manos que hablan por si solas”.

Espero que estos cinco consejos os sirvan de mucho la próxima vez que tengáis que hablar en público. ¡Ya me contaréis!

Hasta el próximo lunes.

Esther Morillas

Colaboradora de Pymecom

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